domingo, 18 de marzo de 2007
sábado, 17 de marzo de 2007
Hoy no es su día.
La ventana, por mucho que la inspeccionara con la vista y la imaginación andando, no mostraba más que la misma esquina gris de todas las mañanas. El señor Alabrín intentó aguzar el oído. Cerró los ojos, podía ser que entre la vorágine acústica (mitigada en parte por la ventana de grueso vidrio) emitiera algo distinto, un sonido incomparable. No el desagradable sonido de una violenta bocina, seguramente de algún conductor neurótico. los estudios demostraban que el cincuenta por ciento de la población en La Capital padecía de neurosis, enfermedad psiquiátrica comúnmente asociada a el estrés en el trabajo, y el señor Alabrín estaba comenzando a sentir los primeros síntomas: abulia, insomnio, baja del apetito sexual. Lo último no era preocupante.
-Despierte, Alabrín, hay muchos que matarían por estar en su puesto.
El señor Alabrín volteó desconcertado y –sin saber por qué- le sonreía al hombre que asomaba con la mitad del cuerpo, escondiendo las piernas detrás de la puerta. El señor Alabrín imagino por un momento que aquella mitad de hombre, el señor Gerencia, era un muñeco de trapo manejado por un titiritero gigante. Invisible.
-Despierto, señor, siempre despierto, tengo casi terminado el informe sobre el aumento en las tasas de interés, vaya tranquilo, vaya con Dios-. El señor Alabrín sudaba.
-No le entendí un carajo, recuerde el informe sobre el aumento en las tasas de interés. ¡Despierte!
El señor Gerencia se retiró cerrando la puerta y le fue evidente al señor Alabrín la molestia de su jefe. No es ni siquiera mi informe, pensó en silencio, no es mi informe y se puede ir al Infierno, no tengo por qué hacer su informe.
Surgió otro pensamiento, uno que proponía el “qué tal si el señor Gerencia”… y un inclasificable sonido seguido de gritos de horror, laceró el silencio. A mitad de pasillo, aplastando al señor Gerencia, reposaba un escritorio completo, incluyendo al empleado que lo ocupaba. Una densa polvareda blanca ocupó el espacio. Desde el bien calculado y esférico agujero en el techo miraban los compañeros del caído. Éste, claramente avergonzado, no se atrevía a levantar la cabeza. ¿Cómo podía caerse con tanta precisión un cubículo de trabajo sobre un ser humano?
-Señor Alabrín –el Diablo le rodeaba con un brazo los hombros para empujarlo de regreso a la oficina-. ¿Puedo hablar con usted un momento?
El señor Alabrín habría buscado cualquier excusa para no continuar siendo testigo del aplanamiento de su jefe, accidente laboral que dentro de las estadísticas da un número despreciable: muerto, bajo un concéntrico pedazo de resistente concreto, en medio del pasillo, podía ver a un hombre que odiaba. Los complejos planes que había urdido en las horas de trabajo, entre todos ellos, no existía ninguno llamado “botar el techo sobre su cabeza”.
-Por favor, pase –dijo el señor Alabrín regresando del profundo viaje por su feliz y también culposo ego. Se sentía más joven, electrificado, inmune al mundo.
-¿Aliviado? –preguntó el Diablo sonriendo comprensivo.
-¿Aliviado? –el señor Alabrín se sentó detrás de su escritorio-. ¿A qué se refiere?
-A la casualidad de que el jefe que tanto detestaba hace cinco minutos se ha convertido en una alfombra que difícilmente combine con la decoración de este magnífico banco. ¿Me va a aprobar ahora el préstamo que venimos discutiendo?
Se escucha una bocina. El diablo se sienta y a sus espaldas Alalbrín distingue a sus compañeros tratando de retirar al señor Gerencia de los escombros. Aburrido, el diablo se mira las uñas. Una secretaria grita y se desmaya cuando Junior, tirando con fuerza, arranca el brazo derecho al señor Gerencia. El diablo levanta la vista. El señor Alabrín se recompone.
-Puedo continuar, si quiere –dice el diablo mirando por sobre su hombro-, pero la verdad no tengo el tiempo. Sólo necesito mi dinero.
El señor Alabrín asiente, nervioso. Por Fortuna el diablo y él se conocen desde pequeños.
Hablan.
Dicen que el atardecer ya no le asombra.
Dicen que se parece a su hermano.
Dicen que su hermano ya no está entre nosotros.
Dicen que ama a su mujer.
Dicen que el amor es lo que lo salva.
Dicen que no tiene voluntad.
Dicen que, a pesar del tiempo, no es más que un niño alto.
Dicen haberlo visto perdido en un laberinto.
Dicen que no llora lo suficiente.
Dicen que su amante es la soledad.
Dicen que su esposa es bella.
Dicen que ella podría causar una nueva Guerra de Troya.
Dicen que es un genio.
Dicen que habla pausado.
Dicen que no es violento.
Dicen que, de ser necesario, daría su vida por los que ama y lo que le es suyo.
Dicen que es un hombre bueno.
Dicen que su sombra es doble y más oscura.
Dicen que pudo ser un sabio.
Dicen que nadie lo empujó al pozo.
Dicen que, tras largas noches, los pocos leales que le expresan cariño le tendieron una firme mano para sacarlo a la luz del atardecer.
Dicen que, a veces, se entierra a sí mismo en la arena de un desierto que no existe.
Dicen que logra salir ocupando sólo sus manos.
Dicen que luego camina hasta el cansancio y vuelve a casa.
Dicen que pudo ser alguien.
Dicen que lo es.
Dicen demasiadas cosas.
Dicen que las escucha todas.
Dicen que aprende del mundo.
Dicen que es porque es lo más cerca que le queda.
Dicen que quiere vivir.
martes, 13 de marzo de 2007
Silueta de un mito.
http://es.wikipedia.org/wiki/May%C3%A9utica
Mayéutica
De Wikipedia, la enciclopedia libre
Mayéutica (del griego μαιευτικός, experto en partos). La mayéutica era el método socrático de carácter inductivo que se basaba en la dialéctica (que supone la idea de que la verdad está oculta en la mente de cada ser humano): se le preguntaba al interlocutor acerca de algo y luego se procedía a rebatir esa respuesta por medio del establecimiento de conceptos generales, demostrándole lo equivocado que estaba, llegando de esta manera a un concepto nuevo, diferente del anterior, el cual era erróneo.
Consiste esencialmente en emplear el diálogo para llegar al conocimiento. Aunque Sócrates nunca sistematizó la mayéutica, seguramente es correcto destacar las siguientes fases en este método[cita requerida]:
- Se plantea una cuestión que, en el caso del uso que Sócrates hizo de este método, podía expresarse con preguntas del siguiente tipo: "¿qué es la virtud?", "¿qué es la ciencia?", "¿en qué consiste la belleza?"
- El interlocutor da una respuesta, inmediatamente discutida o rebatida por el maestro.
- A continuación se sigue una discusión sobre el tema que sume al interlocutor en confusión. Este momento de confusión e incomodidad por no ver claro algo que antes del diálogo se creía saber perfectamente es condición necesaria para el aprendizaje. Sócrates lo identifica con los dolores que siente la parturienta antes de dar a luz.
- Tras este momento de confusión, la intención del método mayéutico es elevarse progresivamente a definiciones cada vez más generales y precisas de la cuestión que se investiga (la virtud, la ciencia, la belleza...).
- La discusión concluye cuando el alumno, gracias a la ayuda del maestro, consigue alcanzar el conocimiento preciso, universal y estricto de la realidad que se investiga (aunque en muchos diálogos de Platón no se alcanza este ideal y la discusión queda abierta e inconclusa).
La idea básica del método socrático de enseñanza consiste en que el maestro no inculca al alumno el conocimiento, pues rechaza que su mente sea un receptáculo o cajón vacío en el que se puedan introducir las distintas verdades; para Sócrates, es el discípulo quien extrae de sí mismo el conocimiento[cita requerida]. Este método es muy distinto al de los sofistas: los sofistas daban discursos y a partir de ellos esperaban que los discípulos aprendiesen. Sócrates, mediante el diálogo y un trato más individualizado con el discípulo, le ayudaba a alcanzar por sí mismo el saber[cita requerida].
La mayéutica sigue utilizándose como método educativo, que funciona haciendo preguntas al alumno para que este llegue por sí mismo a las conclusiones. Los profesores saben que lo razonado se aprende mejor que lo memorizado y este método de aprendizaje no ha perdido vigencia con el paso de los siglos.
Desemverso.
VII.
una rosa
no es regalo de amantes:
tus piernas
(naspier sut)
(osjo sut)
(biosla sut)
XX.
puntos
suspensivos
cuando me piense asesinar
envíe antes
una carta
puntos
y llore
lo que debió ser llorado
y nunca fue
murmurando
soy débil y cobarde
que estoy siendo muerto.
insensato
repetido
y pateando una piedra
pone la mente en marcha
contra una ventana
de tela
y mis huellas hacia atrás
el nido de maquetas
XXIV.
prefiere la risa
y el llanto
de los mares explorados
quemadura
y sudor que aplaca
cuando doy vuelta la cabeza
hacia la pared
la inicial
curva
que queda de tu nombre
El rostro de lo incierto.
Entra a la casa. Pregunta a gritos dónde está su marido. Él contesta apático. La mujer llega al comedor y sobre la mesa deja un sucio cráneo humano. El esposo no le presta atención y continúa la lectura.
- Atilio, dime qué es esto.
El esposo mira la calavera.
- Una cabeza, mi amor -y prosigue con la lectura.
- Sé qué es, Atilio. Pero de dónde salió -insiste ella.
Incómodo por no poder leer tranquilo, Atilio mira nuevamente la calavera.
- No sé, Elsa. Tal vez la enterró el perro.
- No tenemos perro, Atilio.
Atilio, resignado, deja el diario sobre la mesa. Suspira.
- Llevamos treinta años en esta casa, Elsa. Tal vez el primer dueño tuvo como última voluntad ser enterrado en el jardín de su casa.
- No es divertido. Creo que es mejor llamar a la policía. No puede ser que anden apareciendo cráneos mientras hago el jardín...
Elsa se dirige a la cocina. Atilio con inusitado vigor se levanta de su asiento, tirando la pipa sobre el diario.
- ¡Pero, mujer, qué haces! ¡Cómo se te ocurre que vas a llamar a la policía!
Ella ha levantado el auricular. Mira extrañada a su esposo.
- Pero qué dices, Atilio. ¿No crees que es grave una calavera entre las flores de tu propia casa?
Y su secreto.
Ivann Perdus
lunes, 12 de marzo de 2007
Justicia divina.
¿Me escuchas?
Tienes que venir a sacarme.
No me voy a ir preso por culpa de un débil y mal perdedor.
¿Me entiendes?
Relatos para que me aceptes.
Un alienígena toca a la puerta.
-Disculpe, ¿la central nuclear más cercana?
El dueño de casa mira la nave.
-No estacione ahí. Sacan partes.
-Oh. Muy amable de su parte, gracias.
***
2.
Un hombre entra a un edificio público. Pregunta en recepción por la oficina de boletos. Se dirige a ella y tranquilamente pide un ticket al Cielo. La coqueta señorita que le atiende lo envía a otro piso. El hombre en la otra oficina se topa con un enorme gordo calvo. El obeso le indica que debe volver al 1º piso, oficina 43-i. El hombre baja. Llega a la 43-i. Una vieja de mal aspecto y hórrido aliento revienta en escándalos diciendo que es el colmo que sigan enviando gente a su oficina en busca de boletos. Bruscamente manda al hombre a la oficina 1-AD. El hombre, algo alterado por semejante burocracia, se dirige la 1-AD. En el camino se topa con una oficina que dice “boletos al CIELO”. Es la oficina 666.
***
3.
-Doctor, alguien me sigue.
-Mmm… ¿Y quién sería?
-Un enano malévolo.
-Ya…
-Doctor, ¿no me cree?
-Sí, sí… ¿y cuáles son las intenciones de este… enano?
-Robarme un calcetín.
-¿Robarle un calcetín?
-Sí, mire…
(El paciente levanta los pantalones.)
…ya se ha llevado uno.
-Oh.
(El doctor se toma la tarde libre y nunca más se le ve.)
***
La abuela sentada en la mecedora. Teje plácida lo que parece ser una bufanda.
-¿Abuela?
-¿Sí, mijito?
Me acerco para que escuche mejor.
-Yo tengo 73 años.
-¡Cómo has crecido!
-¿Abuela?
-¿Sí?
-¿Cuántos años tienes tú?
La abuela deja el tejido. Piensa.
-No sé, no me acuerdo.
Ralph Rogelstøn
Manos tan pequeñas.
En algún lugar al que nunca he viajado,
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.
Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo mi ser,
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.
O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bellamente, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier;
Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro
Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero, cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.
(E.E. Cummings)
Early Sunday Morning.
Quién haya visto el cuadro de Hopper (y no necesite de demasiada concentración para percatarse de aquellos detalles curiosos que toda obra pictórica tiene) habrá notado dos fugas en el cuadro que lo dejan a uno pensando: el inclinado poste del barbero y la extensa sombra que cruza al cuadro de lado a lado por la acera. Ambos elementos lo obligan a uno a ladear el entendimiento y buscar una respuesta que desenmascare la finalidad de la composición. ¿Qué es lo que proyecta tan alargada sombra? ¿De qué tamaño debe ser? ¿Por qué el poste retrocede ante la sombra? ¿Es un desequilibrio en el encuadre? ¿O es que realmente la sombra y el poste son protagonistas de un relato que se construye oculto entre los colores?
“...Era una temprana mañana de domingo. El señor M caminaba sin apuro, con las manos en los bolsillos, disfrutando del frío viento que se desplazaba travieso por las calles. Iba mirando sus zapatos, jugando a evitar las líneas en la acera. Estaba solo. El eco de los pasos rebotaban en las murallas del otro lado de la calle, una y otra vez, una y otra vez, y el señor M no pudo dejar de sentirse conmovido por la soledad que cargaba en sus hombros. Creía tener derecho a estar triste, aunque fuera esa especial mañana de domingo. Y ya una lágrima de impotencia brillaba en sus ojos cuando sin darse cuenta fue a dar de boca al piso. Su canica de la suerte, la que tenía desde los seis, rodó fuera de su bolsillo y comenzó a alejarse. El señor M se levantó rápidamente y fue tras ella. Una fría mañana de domingo no perdería su canica. Pero ésta no paraba su carrera. Es más, por alguna mágica razón su velocidad iba en aumento. Qué extraño, pensó el señor M, no puedo perderla. Apresuró la marcha. Parecía que jamás podría detener la canica hasta que se olvidó por completo de ella. Un suceso poco probable estaba ocurriendo. Algo asombroso. Los postes de luz estaban levemente inclinados. El señor M se detuvo. El equilibrio le indicaba que su cuerpo también se inclinaba, en la misma dirección que los postes de luz. Y de notar aquello pasó a descubrir la verdad absoluta. Era él quien inclinaba el piso. Era él, que sin saber cómo, había crecido unos cuatro metros. Su sombra era tan larga que llegaba hasta la próxima esquina, pasando frente a las barberías donde notó que el poste de los barberos estaba inclinado al igual que todo el resto de las cosas...”
Siluetas de Jazz.
Un gato pequeño, del tamaño de una baldosa, muy pequeño, sucio, hambriento. Un gatito que maullaba asustado bajo el auto de Sofía. Ese día habían anunciado lluvias. Ella no quería que el gato enano estuviera la tormentosa noche en la calle. Lo recogí con una mano. Tenía la cola tiesa y los ojos cubiertos por húmedas lagañas. Y Sofía se subió al auto, contenta por haber hecho una buena acción, siendo que el bicho se quedaría en mi casa, y partió sin despedirse. Tal vez tuve la ilusión que detuviera el auto. Tal vez quise que bajara del auto y me abrazara mientras yo sostenía al gato. Cosas que vienen a la mente cuando se está triste. Volví a la casa con el animal y lo alimenté con leche diluida en agua, consejo de mi abuela, además de permitirle dormir en el baño acurrucado como bebé que era, en la polera amarilla de Sofía.
Espero que no piensen que la ruptura con Sofía fue algo tan grave que cuidé del gato como recuerdo vivo de nuestra relación. Quizás si hubiera pasado así el párvulo animal habría corrido mejor suerte. Al día siguiente mi vecino lo encontró en su balcón. Un gato pequeño había aparecido en el balcón de un departamento en un noveno piso. De todas formas se quedaron con él, de hecho, ahora es un gato perezoso y rechoncho.
Concentrémonos en lo que quiero escribir. Aunque para mí esta historia será siempre papel: plana, blanca, de dos caras, vacía. Pero aún así, a pesar de mi auto-exigido olvido, en contra de mi voluntad de silencio, la memoria me pica y me rasco y me salen estas palabras. El amor, el que llaman verdadero, es trágico, sí. Más aún si tratas de olvidarlo.
Sofía cantaba en un tranquilo bar, el “Baratija´s”, cómodo lugar para tomar una cerveza en compañía sólo del vaso. Pocos conocidos frecuentaban el bar. No les interesaba un ambiente melancólico e inspirado en el blues. Sofía tenía una grandiosa voz, carajo, si alguna vez pensé que los ángeles alrededor de Dios cantaban lo mismo que la extraordinaria Sofía. Me atrajo el don de las melodías en sus labios. Fue un sentimiento egoísta, ella al cantar tendría que pensar en mí. Claro que estuve casi dos semanas planteando las estrategias para el abordaje. No era llegar y hablarle, no, eso habría sido brusco y evidente. Comencé entonces un romance de miradas. Ella cantaba y mis ojos penetraban en sus ojos, quería llegar al alma, coordinar su atención, y sin darme cuenta, me vi enamorado de una mujer que no conocía.
El tipo que atendía la barra comenzó a informarme sobre Sofía cuando (sin esfuerzo intelectual) notó cómo la observaba. Al principio lo negué todo. Después me ofreció una cerveza a cambio de la verdad. Caí en la trampa –en realidad no tenía importancia que supiera- y se estuvo jactando de su buen olfato para detectar lo que él denominaba “el acto seductor”. Ridículas patrañas de barman encerrado por cristal y alcohol. Como sea que vea el mundo, siempre lo verá deformado.
Sofía venía del sur. Hija menor de una familia de ocho hermanos. Dejó la casa a los dieciséis y nueve años después era cantante regular del “Barattija´s”. Le gustaban las ostras, el canto de las ballenas, el frío de la nieve, la lluvia, la arena. No bebía porque en su borrachera de estreno se tropezó y cayó dolorosamente por una escalera de piedra. Tampoco fumaba. La garganta se le irritaba con el humo, además que era un derroche gastar dinero en una caja de cartón. Le gustaba caminar por las mañanas, perderse en las calles, respirar el aliento del nuevo día. Y a veces realmente se perdía, situación en la que solicitaba a un taxista el regreso a su hogar, consiguiendo antes que no le cobrara. Algunos la llevaban, otros la tomaban por loca, y los restantes simplemente la ignoraban.
-¿Algo más?- pregunté. El barman no paraba de hablar. Y yo que iba a ese antro a esconderme.
-Sí- una maliciosa sonrisa le desfiguró la boca- Tienes una cita.- Una cita. No le bastaba al bestia aquél con saborear su ridículo acierto en la detección del “acto seductor”. No. Quería llevar al extremo su capacidad “psíquica”, casi como un estudio antropológico de las relaciones humanas en un ambiente controlado como es un miserable bar. Aún ante esta inesperada vuelta de tuerca continué con mi frívola actitud.
-Perdón, ¿una cita con quién?
-No hagas eso, amigo. No reprimas tus emociones.
Resulta que el barman también era psicoanalista. Virtud que todo individuo “posmoderno” se jacta de poseer. Carajo. Sólo había una salida.
-Cómo es que tengo una cita si ni siquiera ha terminado de cantar.
El barman amplió la estúpida sonrisa y divisé un diente de oro.
-Já. Porque ella me dijo cuando llegó. Fue directa. “Dile al desaliñado que se sienta siempre en la barra a mirarme como un psicópata que después del show me espere con un jugo de naranja”. La breve biografía fue un ingrediente que añadí yo. ¿A ti la incertidumbre no te provoca náusea?
Cerré el puño. Visualizaba cómo mi furia contenida en mis crispados dedos rompía en mil pedazos esa informe nariz del barman. Pero me limité a pedir otra cerveza. No estaba de humor para quebrarme un dedo trenzándome a trompadas con un proxeneta de ocasión.
Dejando de lado la desagradable conversación con el barman-recadero, caí en la cuenta que luego de dos semanas, era ella quien ahora quería conocerme. Estaba nervioso. Una lista de preguntas y acotaciones ingeniosas se agolpaban como neuróticas abejas en mi cabeza. Dios, la mujer de la que me había enamorado sin siquiera consultarlo con la razón, había concertado una cita conmigo a través del clarividente barman. (suspiro). Esto se salía de los estándares usuales en mi clásica táctica para dar el disparo inicial en una relación que me atraía concretar.
El saxofonista terminó su solo con un estruendoso chirrido que los amantes del jazz reconocían como habilidad de pocos. Sofía bajó de la plataforma sonriendo a los asistentes que aplaudían fervorosamente su performance. Claro, la mitad de los hombres estaban atentos a sus piernas y la otra mitad en sus pechos. Yo aplaudía con ellos, pero mi inquietud me elevaba por sobre esas vulgares percepciones: en menos de veinte segundos tendría que dirigirle la palabra a Sofía. Vi que saludaba a una pareja de homosexuales, a tres amigas y, después, sin otras escalas caminó directo hacia mí. El ojo izquierdo me tiritaba un poco. El sistema nervioso es en ciertos momentos más temperamental que los propios sentimientos.
Me senté en el suelo, crucé los brazos y medité si aún quedaba algún objeto suyo en los rincones de lo que antes fuera nuestro hogar. Es depresiva la manera en que uno reparte cariño entre humanidad y los objetos; el aprecio es indispensable para convertir lo que sea en un recuerdo, vale decir, que sea algo que nos pertenezca como nos pertenece el alma. Conozco gente que quiere más a su televisor que a su familia. Yo (creo) aún prefiero lo humano.
Nada. Se había evaporado. Por donde caminaran sus largos pies ahora se acumulaba polvo. Estaba triste, borracho, seguro de haberle dicho que la amaba, aunque no recordaba por qué se había ido. Pasaba más tiempo hablando con extraños de mi soledad que tratando de reconstruir aquello que nos había separado para buscar alguna forma de revertirlo.
En las cortinas la sombra del gato se deslizaba sinuosa. Maullaba. Salí al balcón para ver cuánto había crecido al cuidado de mis vecinos. La luna estaba llena. El gato se había ido. Entonces por un segundo dejé de pensar en Sofía y sentí pena de no poder acariciar al gato aunque fuera sólo un momento. En fin, la falta de Sofía me tenía bastante mal.
El Prozac de la Patria.
A los diez años, Gabriel Mirnó tuvo su primer encuentro con un profesional de la salud mental. Lo había llevado la madre, preocupada porque Gabriel todos los días se quejaba de dolores de cabeza y dormía siestas de dos o tres horas, sin saber (cómo podría conocer el secreto), que Gabriel simplemente lo pasaba mal en la sala de clases. Se aburría. No le encontraba sentido a las materias que los profesores con tiza blanca garabateaban en la pizarra. Gabriel, a los diez años, prefería leer La Hojarasca o un episodio de Sherlock Holmes.
-Hola Gabriel, soy Elena. Y soy psicóloga.
-Hola, señora Elena y psicóloga.
El padre de Gabriel no se cansaba en repetirle que debía, sin excepción, tratar a todos los desconocidos de “Usted”. ¿Aunque sea sólo un año mayor?, le preguntó Gabriel, No, si es sólo un año mayor no es un adulto, lo puedes tratar de tú, le respondió el padre, confundiendo por unos meses al pobre de Gabriel, que calculaba que a los treinta, cuando fuera viejo, aún seguiría siendo un niño si seguía la enseñanza del padre al pie de la letra.
-Gabriel, tu mamá me dice que te duele la cabeza todos los días. A ver, cuéntame un poco.
Gabriel no se sentía nervioso ante la presencia de Elena Psicóloga, señora de gruesos lentes, greñas canosas y tiesas, una peluca de alambres repartidas por el cráneo, todo adornado con una sonrisa plástica, artificial, que supuso era para darle a entender que entre las cuatro paredes de la consulta estaba protegido. La verdad es que no le veía el sentido de hablar con ella y su aspecto de profesora de música folclórica, pero tampoco quería que la madre se preocupara o hacerle perder el tiempo, así que decidió seguirle el juego a la señora Elena Psicóloga.
-Me duele, sí.
-¿Mucho?
-No sé si mucho. Duele. ¿A usted le duele la cabeza alguna vez?
-A todos nos duele alguna vez.
-¿Mucho?
-Puede ser. Bien, pero son tus dolores de cabeza los que nos interesan. ¿Dónde te duele exactamente?
-Detrás de los ojos.
Elena Psicóloga anotó algo en un cuadernito, momento que Gabriel aprovechó para recorrer con la mirada la consulta: juguetes, dibujos, una ventana con vista a la plaza cruzando la calle, una jaula con canarios.
-¿Te gustan los canarios? –preguntó Elena. Gabriel se asustó.
-Me gustan. Pero libres.
-Los canarios no pueden andar libres.
-¿Y dónde estaban antes de estar en esa jaula?
-En una jaula más grande, con otros canarios.
-¿Y los otros canarios? ¿Dónde estaban antes?
Elena Psicóloga sonrió. Él tuvo el temor de haber hecho algo indebido, como romper la ley del padre acerca del Usted.
Camino a casa, la madre también sonreía. Elena le había dicho que el problema con Gabriel es que era muy “receptivo”. ¿Cómo así?, preguntó la madre. Pues que Gabriel piensa y siente mucho, le respondió Elena, Ese es su único problema, tiene que ayudarle a que crezca teniendo en cuenta que siempre será especial.
-¿Me fue mal, mamá?
-No, mi amor, estás bien, muy bien, los dolores son sólo por ahora.
Gabriel pudo entonces sonreír tranquilo. Bajó la ventanilla y el viento de verano desordenó su peinado. Esperó a que la madre lo obligara a subir la ventana, “con lo que cuesta peinarte”. Pasaron los segundos y nada.


